MARATON DE ATENAS (8/11/15)

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Llegué a Atenas el viernes 6 de noviembre, a media tarde, con las prisas por instalarme en el hotel e ir a recoger el dorsal y la bolsa de corredor. El desconocimiento de la ciudad y la necesidad de orientación hacía que no fuera consciente, en esos momentos de la situación en la que me encontraba. Se estaba cumpliendo un objetivo que empezó a fraguarse desde dos frentes. El primero, la lectura de un antiguo artículo de la revista Runners en el que se hablaba de esta carrera en el 2500 aniversario de la Batalla de Marathon y el segundo, el “contratiempo” de no correr en Berlín que era el destino elegido en primer lugar. Aun así, una vez llegado a Atenas, y tras centrar la mente en la carrera, la idea de que esta maratón era un “segundo plato” despareció inmediatamente de mi cabeza.

Tenía la intención, y así había sido la preparación, de mejorar mi marca y realizar la carrera por debajo de las 3h :35′. Pero, aunque ya había visto el recorrido, el estar aquí y despues de la visita a la feria del corredor me hicieron ser consciente de la dureza del recorrido y de que la carrera no iba a ser fácil, teniendo en cuenta que las partes duras se encontraban alrededor del muro.

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La víspera de la carrera

El día empezó con un trote ligero, a las 07:30h, de 35 minutos, desde la plaza Omonia, por la avenida Stadiou hasta Syntagma y vuelta atrás. Se respiraba un bonito ambiente de carrera, me crucé con varias personas que supongo hacían lo mismo que yo. Tras este rodaje: estiramientos, ducha y desayuno (que bueno está el yogur).
El resto de la mañana la destiné a hacer algo de turismo por Atenas; visita al Partenon y al fantástico nuevo museo de la Akropolis. Tras la comida y la pertinente siesta, cena de recarga. A pesar de mi nueva tendencia Paleo los rituales son los rituales.

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El día de la carrera

¡Kalimera!, ¡Kalimera! fue la primera palabra que oí, y pronuncié, esa mañana al salir de mi habitación a las 05:00 h y dirigirme a desayunar. A esa hora nos encontramos todos los corredores alojados en el hotel para el desayuno: tostadas, yogur (como no) y café.
El día empezó a las 04:00 h en el que seguí de nuevo el ritual, no hay que olvidar los hábitos: ducha “ice age”, afeitado y estiramientos.
La organización había dispuesto una serie de autobuses que nos debían llevar a la ciudad de Marathon, desde donde salía la carrera. Estos autobuses partían desde diferentes puntos de la ciudad. Los que se encontraban más cerca de mi hotel salían de la plaza Syntagma. Todavía con la noche cerrada nos dirigimos hacia Marathon. Hay que reconocer que el traslado y la llegada a la salida se realizaron de una manera impecable, un 10 para la organización, así como la entrega y posterior recogida de la bolsa con la ropa.

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El camino a pie hacia el estadio ya ponía la piel de gallina, y no sólo por el frío. Simplemente ver los carteles con la palabra “Marathonas” ya emocionaba. Obligada era la foto junto a la estatua conmemorativa de la victoria, NIKE, de los atenienses en la batalla.

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La espera en el estadio quizás se hizo excesivamente larga, probablemente por un exceso de previsión por mi parte, podría haber dejado la bolsa con la ropa algo más tarde. Eso sí, el calentamiento fue perfecto, de los mejores que he hecho.
Los momentos previos a la salida no estuvieron faltos de emoción; por el “juramento” y por la música de Zorba el Griego ya que al escuchar esas notas uno ya sentía la necesidad imparable de ponerse a correr.

La carrera

El paso por el primer kilómetro fue en 6′, cuando el tiempo de paso debería haber sido de 5’05”, pero no había opción para ir más deprisa ya que la carretera era excesivamente estrecha para el número de personas que la ocupábamos. Después de los 10 primeros kilómetros me planteé desechar la opción de bajar de 3h 35′ ya que, pensando en los tramos cuesta arriba, veía casi imposible alcanzarla.
En el Km 5 del recorrido se circunvala el Túmulo de los Atenienses, otro de los momentos intensos del día, más si sumamos que durante ese tramo las personas del público ofrecen ramas de olivo a los corredores. Pasado el Km 5 ya empezaba la carrera de verdad.

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Túmulo de los Atenienses

Entre los Kms 15 y 20 había conseguido recuperar el tiempo perdido y me movía ya en los tiempos teóricos de paso, aunque también empezaba lo peor; la pendiente, entre el Km 18 y el 32, se hacía interminable. Mirar hacia adelante y ver una recta que parecía no tener fin, empinada y plagada de gente se transformaba en una visión demoledora. Aun así las pendientes no me asustan en exceso y las soporto bien.
Tras sobrepasar el final de la cuesta me planteé echar el resto. No me había topado con el muro y me encontraba en condiciones de aumentar el ritmo o al menos esa era mi sensación. El problema era que la mayor parte del tramo restante, a parte de un par de pequeñas pero en ese momento demoledoras pendientes, era cuesta abajo, duro para unas rodillas y unos cuadriceps ya bastante maltratados.

Durante estos 10 últimos kilómetros había perdido ligeramente la noción de mi situación y en ocasiones no era consciente del kilómetro por el que estaba transitando ¡lo que tarda en llegar el kilómetro 40 y que largos que son los dos últimos!

El último kilómetro transcurre por una larga avenida, cuesta abajo, que al cambiar de dirección hacia la izquierda encara la entrada al estadio Phanatinaikos. Ante esa visión uno siente inmediatamente una emoción indescriptible que se mantiene al disfrutar de la última recta del estadio, entre los aplausos y gritos del público que ocupa las gradas.

Al final 03:34:47 según el cronómetro de mi reloj.

Acabé el maratón bastante bien, el entrenamiento y la mentalización fueron buenos. Me sorprendió gratamente la marca registrada, teniendo en cuenta la “dureza” del recorrido. Quizás dentro de un par de años, Berlín sería una buena opción, pueda llegar a las 3h 30′. Creo que esta puede ser mi mejor marca personal y mi techo. Estaría bien….

Después de la carrera

Tras disfrutar del paso por el estadio, recoger la medalla y la ropa y relajarme un poco; pasé un par de horas en las gradas y en los alrededores, disfrutando del ambiente y viendo a la gente como iba llegando a la linea de meta. Me quedé hasta los que pararon su reloj en 6h 30′. Emociona sobremanera ver a estas personas cumpliendo su sueño de acabar una maratón como la de Atenas y ver como vivían esos intensos momentos al encarar la última recta en el estadio. BRAVO PEDIA!

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Tras una ducha y una buena siesta en el hotel me dispuse a disfrutar de una cena en Monastiraki: musaka, satsiki y una buena cerveza Alpha para celebrar la fantástica jornada en la que corrí por la senda que años atrás marcó Spiridon Louis, bajo el espíritu de aquel hoplita llamado Philippides. Esta vez sí que pude decir ¡NENIKEKAMEN!

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